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Emerge el derecho a la ciudad

Emerge el derecho a la ciudad

Por Eduardo Daniel Luévano Aguilar*

La planeación urbana, que se ha consolidado como un eje central para el activismo social, en México se desarrolló como articuladora y desarticuladora de luchas por la reivindicación del derecho a la ciudad. Mediante su ejercicio, se han legitimado discursos que reclaman la posibilidad de que todas y todos los habitantes participen en el diseño, construcción, transformación y uso del espacio urbano. Sin embargo, al mismo tiempo se niegan condiciones materiales para la implementación de lo diseñado o se manipulan los mecanismos de consulta, en beneficio de intereses de grupos económicos o políticos. Así, la planeación y el derecho a la ciudad han quedado intrínsecamente entrelazados, aunque no necesariamente lo estén.

Créditos: Eduardo Daniel Luévano Aguilar

Planeación y poder

Pensadores de lo urbano como Mumford (2021 [1961]), Harvey (2008), Romero (2009) o Rama (1998) han reflexionado en torno al tema, mostrando cómo a largo de la historia (desde el proyecto de la polis griega y de las urbes romanas, siguiendo por las ciudades de Dios medievales, sus procesos de transformación industrial y hasta la configuración de lo urbano adoptado en las colonias de los grandes imperios europeos) se han configurado formas espaciales para posibilitar proyectos de organización social.

Estas configuraciones no solo se han materializado en diseños urbanos concretos, sino que también han sido sustentadas por ideologías que reflejan las relaciones de poder de cada época. Sus ideas conducen preguntarnos ¿cómo se ha transformado la posibilidad de participación en el diseño de las ciudades? Y ¿qué o quién(es) confiere(n) ese poder?

Origen del derecho a la ciudad

Créditos: Eduardo Daniel Luévano Aguilar

Para responder a los cuestionamientos planteados es importante entender cómo y en qué momento surgió la idea del “derecho a la ciudad”. Henry Lefebvre (1969 [1968]), primero en proponer el concepto, desarrolló sus ideas en la Francia del siglo XX: marcada por luchas obreras, el legado del colonialismo y las consecuencias devastadoras de la Segunda Guerra Mundial. Sus reflexiones, compartidas por muchos pensadores de su tiempo, se centraron en tratar de comprender ¿cómo había logrado consolidarse la idea de que la burocracia administrativa del Estado representaba a la población?, ¿qué provoca que las personas vivan y mueran por una idea como la nación o la raza? Bajo el discurso de la nación, la guerra emprendida por el nazismo y el fascismo retomaron proyectos de eugenesia, que buscaron el control total sobre la vida, y decretaron la muerte para determinados grupos poblacionales como los judíos, gitanos, homosexuales o comunistas.

En este escenario, grandes zonas de ciudades como Paris, Londres o Berlín quedaron en ruinas debido a los conflictos armados; la vida cotidiana había sido profundamente trastocada, la devastación de las ciudades y la fractura social generada por la guerra resaltaron la necesidad de reconstruir no solo los espacios físicos, sino también los vínculos sociales, emergió entonces la pregunta: ¿cómo y con qué reconstruir? ¿a quién o quiénes debe darse el poder de tomar decisiones? Aquellos que detentaban el poder, ocultos bajo el manto del nacionalismo, provocaron la más comprensible de las desconfianzas; además, aunque el conflicto armado terminó con los tratados de paz, los conflictos sociales permanecieron: esas ideas que dividieron a las sociedades en desarrolladas o atrasadas y racionales o salvajes marcaron con fuego las formas de comprensión de la propia identidad y el entendimiento de los otros.

Créditos: Eduardo Daniel Luévano Aguilar

El antídoto para el autoritarismo que vivieron y la visión única del mundo, según Lefebvre (1970, 2013 [1974]), es la pluralidad y el diálogo: ¿quién puede conocer mejor sus necesidades que quienes habitan en un lugar? ¿cómo lograr que quien gobierna deje de tener una visión única? La ruta que nos propone es el “derecho a la ciudad”; la posibilidad de que todas y todos los habitantes participemos en su diseño, construcción, transformación y uso. Sus ideas nos recuerdan que toda toma de decisiones viene acompañada por consecuencias. Aunqu

e gobernantes y administradores asumen cómodamente la toma de decisiones, casi siempre a favor de grupos políticos o económicos, y rechazan la responsabilidad o la diluyen valiéndose de la ambigüedad; lo cierto es que ellos y ellas ven desde su horizonte de visión e intereses. Para llegar al bien común es necesario que dialoguemos y lleguemos a acuerdos. Esto desafía las formas autoritarias de organización social, buscando un modelo basado en la inclusión y la participación de los diferentes grupos y comunidades.

 

Derecho a la ciudad y lucha social

Intelectuales como Castells (1974) añadirán a la reflexión que la construcción de los espacios no es un mero resultado de regulaciones o normativas, ni simplemente de concesiones o garantías, sino de una lucha en la que las demandas de los grupos sociales organizados se incorporan de manera concreta. Por ello, considera que debe existir un proyecto social que reivindique otra forma de vivir distinta a la impuesta como destino.

En el caso europeo y estadounidense, la toma de decisiones se concretó con la configuración política que marcó el inicio de la guerra fría, donde se consolidaron narrativas de desarrollo que reforzaron desigualdades globales y cuyos ecos se manifiestan en conflictos actuales como el de Rusia y la OTAN. Con esto podemos notar cómo los discursos para legitimar la dominación cambian, pero sus propósitos permanecen. Racismo, colonialismo y progresismo han adoptado nuevas formas discursivas.

En específico, pensadores como Ángel Rama (1998), quien ha estudiado las desigualdades en América Latina, nos ayudan a entender los mecanismos que estos discursos adoptan. Para él, la lógica colonial se integró a la vida mediante una clase social que llama los “letrados”, caracterizada por su capacidad de generar representaciones, es decir, imágenes y signos para comunicar una realidad. Al igual que los sacerdotes, artistas, escribas o administradores coloniales, que emplearon las técnicas dramáticas, fluidas y sincréticas del barroco para comunicar y volver aceptable el sistema colonial. Actualmente, académicos, intelectuales, comunicadores o burócratas constituyen un bloque de especialistas encargados de brindar una interpretación de la realidad para el consumo de la población. Por ello, si realmente queremos lograr paz social es necesario romper con la idea del especialista y fomentar mecanismos participativos que logren integrar diferentes visiones y voces.

Es importante cuestionar las estructuras históricas y discursivas que han sostenido las desigualdades y exclusiones en nuestras sociedades. En diferentes momentos, el poder se ha consolidado en discursos que legitiman un orden social desigual, ya sea mediante el nacionalismo, las narrativas de progreso y desarrollo o incluso podemos llegar a clasificaciones tan absurdas como las planteadas por el economicismo más reduccionista, que separa a países y poblaciones en primeros, segundos y terceros.

Créditos: Eduardo Daniel Luévano Aguilar

Una alternativa transformadora

El derecho a la ciudad, como lo plantea Lefebvre (1970), aparece como una alternativa transformadora que rechaza las visiones únicas y autoritarias, proponiendo en su lugar un modelo basado en la pluralidad, el diálogo y la participación colectiva. Esto implica desafiar las herencias del colonialismo y las jerarquías modernas, cuestionando la toma de decisiones que favorecen sólo a unos cuantos; la neutralidad pretendida por los planos o proyectos del “experto” deben ser cuestionada e interpelada por el habitar del urbanita. El reto radica en construir un espacio común donde la diversidad de voces y experiencias sea la base para diseñar ciudades inclusivas, capaces de reflejar las necesidades y aspiraciones de todos sus habitantes. Conocer cómo se han instrumentado estas ideas para el caso mexicano es importante, permite entender algunos de los problemas que enfrenta el activismo en México. Te invitamos el leer el siguiente post, donde se brinda información al respecto.

 


Bibliografía

Harvey, David (2008) Paris, Capital de la Modernidad -. Ediciones AKAL Lefebvre, H. (1970). La revolucion urbana -. Alianza Editorial.
Lefebvre, H. (2013 [1974]). La producción del espacio -. Gracel Asociados. Lefebvre, H. (1969 [1968]). El derecho a la ciudad -. Ediciones Península
Lefebvre, Henry (1969 [1968]). El derecho a la ciudad -. Ediciones Península.
Lefebvre, Henry (1970). La revolucion urbana -. Alianza Editorial.
Mumford, L. (2021 [1961]) La ciudad en la historia «Sus orígenes, transformaciones y perspectivas. Pepitas de calabaza
Rama, Á. (1998). La ciudad letrada. Arca.
Romero, J. L. (2009). La ciudad occidental: Culturas urbanas en Europa y América (1a. ed.). Historia y cultura. Siglo Veintiuno Editores.


* Eduardo Daniel Luévano Aguilar es educador popular, maestrante en Antropología Social por el Colegio de Michoacán. Ha participado en la planeación y operación de programas de regeneración urbana y social en fraccionamientos de vivienda social, también colaboró en el diseño de programas de la Secretaría de Cultura y coadyuvó en la reestructura de la Coordinación Nacional de Becas para el Bienestar Benito Juárez como Director de Planeación y Desarrollo Institucional.

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